Morir de pie o vivir en trance



Hace tiempo que no escribo porque escuece,
como las marcas en mi piel desde los trece,
nunca quise a un Dios aunque le rece,
el demonio de mi hombro si me apago reaparece...

Mi vida se torció mucho antes de los doce,
el niño aprendió que el cariño no te lo da el roce,
que una buena mano no hay rival que la rechace,
y que con su caída habrá tantos que la gocen...
A no mostrar flaqueza ni aunque agonice,
y a forjar una armadura que le acorace,
que debe levantarse cada vez que se tropiece,
para poder morir de pie como si fuera un sauce.

Me tuve que ir del barrio y ya no me reconoce,
como esa niña a la que quiero desde los catorce,
ojalá sea feliz con otro sé que lo merece,
pero si pide que no duela se sale de mi alcance.

No confío en nadie tras cumplir los once,
porque nunca es oro todo lo que reluce,
me alejo de la gente antes de que me defraude,
Todo lo que toco lo convierto en bronce...
Cambié tanto que ni el del reflejo me conoce,
aunque las aguas siempre vuelven a su cauce,
los cantos de Sirena ya no me seducen,
no imaginas lo que cuesta salirse de ese trance.

Parecía extinto pero resurjo como el lince,
no habrá otro cruce que me frene en este avance,
la plata la celebra el mediocre que no vence,
y yo gané el Mundial sobreviviendo a dos mil quince.

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