Una vida en el infierno muriendo de hipotermia
Acto I
Todo comenzó en un otoño gris del noventa y siete,
nací en La Paz para empezar con la ironía
ni vine con un pan ni la vida me dio suerte,
mas no voy a narrar mis guerras todavía.
Era un niño sano y mis padres me querían,
todo iba genial cuando estaba en la guardería,
Parecían felices, trabajaban, no gritaban, sonreían.
quizá algo ya pasaba pero aún no lo entendía.
Por aquél momento el único daño que sentía,
era en los columpios si tropezaba o me caía.
Todo parecía perfecto, los problemas no existían,
aún no conocía a la muerte y a la vida no temía.
Hasta que de pronto un día…
Acto II
Llegó el primer cuervo, mi padre enloqueció,
Discutieron, pelearon, un charco se formó,
empezó a brotar un odio del que no tuve control,
sin ni siquiera ser consciente de lo que sucedió.
‘’Hijo, mete tu ropita en la mochila que llega la policía’’,
tenía un cuchillo entre las manos lejos de la cocina,
‘’para qué va a hacer la cena si nos vamos’’ pensé yo,
qué bonita inocencia que tras ese daño se perdió.
Celebré mis cuatro años en una casa de acogida,
rodeado de extraños y triste por la huida,
era un lugar tan frío, nadie sonreía, nadie sonreía…
Todas con la misma mirada que mostraba sus heridas,
derramando lágrimas cuando creen que nadie mira,
las cicatrices del alma no se curan con tiritas.
Y de repente…
Acto III
Es cuando llega la reconciliación fatídica,
Pues es la triste lógica del corazón errante,
Tú sacrificaste todo por comer esas perdices,
creyendo que esta vez sí ibais a ser felices.
Pero él solo es un sapo que está lejos de ser príncipe,
y tu vida es solo un cuento sin la parte mágica.
Nublaste tu razón y te convertiste en cómplice,
de mi desazón constante repleta de matices.
El odio se instauró para echar raíces,
La ira despegó hasta convertirse en sádica.
Deseché la religión mientras repetía las directrices:
‘’Dios, por qué no me salvas ni me bendices…’’
Los años avanzaban abrazados por la agónica desdicha.
Acto IV
El cielo oscureció, se originó un destello,
el dolor creció y me cubrió su manto,
fue ese el motor con el que con valor aguanto,
los problemas que con diez ya rozaban cuello.
Honor y lealtad siempre fue mi sello,
aunque verdad es que nunca he sido un santo,
muté en diablo y me fichó el infierno,
y conseguí el trofeo por provocar sus llantos.
Reiné en mi barrio sobre los plebeyos,
Como la oveja negra que dominó el establo.
A los trece se me condenó al exilio para ‘’empezar de cero’’ como una familia feliz. La cuestión es que un fruto podrido no puede volverse sano.
Acto V
Creen que era fácil convivir con este frío en el pecho,
rabia, odio, dolor, insomnio… no saben lo que es eso.
A los catorce ya me sentía vacío, mi mente me hacía su preso,
pues lo que un día me plantaron es lo que ahí ya cosecho,
y si hoy respiro es porque aguanté los golpes sobre cada hueso.
Un ángel apareció, me enseñó el amor y entendí el proceso,
decidí cambiar, dejé de fumar para alcanzar mi techo.
en mi yermo creció una flor que demostraba mis progresos,
mas por dentro sé y con desconsuelo me confieso,
que solo es un pequeño charco dentro del desierto.
En mi casa la calma antes del fin que ya sospecho,
qué se iba a esperar tras una orden de alejamiento,
de que sintiera pena pues ‘’tiene esquizofrenia y necesita tratamiento’’.
A su mejor amiga la llamo un día y cuál cuervo se lo advierto:
‘’Tami, pronto va a pasar solo el cuándo es lo incierto’’,
y lo cierto es que si te digo que no me alegré te miento.
Pero no por esa daga que atravesó su cuello,
ni de que el tarado saltara desde el cuarto acabando ileso,
ella sobrevivió aunque ni siquiera lo digo por eso,
Sino porque con dieciséis conseguí estar seguro aún sin estar despierto.
Cuando las cosas parecían mejorar pudiendo observar una lejana luz tenue tras largos años consumido en las tinieblas la vida volvió a reírse en mi cara, lanzó los dados y el azar torció el tablero para provocarme ese atropello.
Acto VI
Tras el accidente me quedé en la cama amilanado,
la depresión apareció al meditar sobre mi pasado,
el tren de la felicidad cada vez estaba más lejano,
y sin querer pasé de morir de pie a tener que vivir tumbado.
Asumí la condena sin conocer el acto de mi pecado,
mi cabeza perdió el juicio mientras escapaban los veranos,
lloraba hasta sangrar buscando en la existencia su significado,
consumido en el dolor me negué a que fuera en vano.
El infierno es un laberinto tan grande, oscuro y complicado,
que solo quien lo ha recorrido sabe que hace frío y está nevado,
Chocando contra tu muro acabé tan desquiciado,
con ese crudo anhelo de que me devoren los gusanos.
He visto entierros más felices que mi decimoctavo cumpleaños,
la obsesión se sumó al cóctel para hacerme aún más esclavo,
para qué seguir jugando si por mucho que lo intente nunca gano,
si por mi victoria yo no habría puesto ni un mísero centavo.
Mirando hacia al espejo para saludar a un triste extraño,
cómo pasé de liderar una manada a ser un lobo huraño,
Dos años con la pena hasta convertirme en ermitaño,
y terminé de perderlo todo cuando el ángel me soltó su mano.
La mente entretenida e ilusionada es una mente sana así que imagina la mía tras más de veinte meses en la cama.
Acto VII
Asumí mis errores pero aún los lloro cada día,
le cargué con mis miserias absorbiendo su energía,
mi cabeza tan cansada quiso poner el fin a la agonía,
y tras semanas sin dormir pude ver un oscuro ente en una epifanía.
Sucumbí al coro de la voz y su gélido murmullo,
observo al jinete en su pálido caballo y ya no huyo,
me sentí un lacayo por eso una última vez batallo y tiro de mi orgullo,
pues un lobo estando herido se hace más feroz y más capullo.
Me sorprende un rayo atroz dentro del barullo,
recibo otra coz, aguanto el desmayo para el plan que ya construyo,
me escabullo y me amurallo para un precoz ensayo mientras mascullo en cada fallo,
e instruyo a sus cuervos para hacerlos mis vasallos.
Aullo a la luna para recibir su poder antes de que cante el gallo,
me hace más veloz y más sangriento con disimulo me lo callo,
Dominando el viento le apabullo, le quito su oz y la encallo,
Y así es como la asesino cortando el cuello de su tallo.
Navegué entre la tormenta de mi tormento,
ahogué el odio, el rencor y los lamentos,
dejé atrás los malos tiempos haciendo un juramento:
"aprenderé a vivir y disfrutaré los nuevos momentos".
El pasado fue tan crudo que a veces no lo cumplo aunque lo intento,
fue tan duro o más que estos versos que hoy cimiento,
habiendo más de cien ninguno nace del invento,
y a mi ángel solo quiero dedicarle otro lo siento.
Salí del lodo, superé de todo y te prometo que no miento,
cuando auguro que dejaré huella sobre el mundo y su cemento,
Canalicé el dolor, exprimí lo bello y recuperé el aliento,
y ahora por fin sonrío si lo escribo y te lo cuento.
Continuaré.


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